EL REPRESENTANTE DE ARTISTAS QUE TAMBIÉN FORMA A LAS PROMESAS DE RIVER Y BOCA

Osvaldo Mansour lleva una vida en dos mundos que no son compatibles por horarios. En uno se vive de noche y en el otro todo arranca lo más temprano posible.

 Sabe de grandes escenarios y de éxitos porque de joven trabajó en bailes y se sumó a una oficina artística que arrancó con el pie derecho: Los Palmeras, aunque en ese momento Marcos Camino y Cacho Deicas no tenían tanta fama como ahora.

Luego esa oficina alumbró la carrera solista de Leo Mattioli y le dio el empujón mayor para que ascendiera al cielo la estrella de Dalila.

Osvaldo siempre fue un hombre de bajo perfil en la música y aún en el mejor de los momentos tuvo en claro que los amigos no eran los que te invitaban a una cena porque eras el representante de tal o cual artista, sino los de siempre, a quienes les importa si estás bien no si ganás mucha plata.

Por eso, en la movida tropical son pocos los que saben de su otra carrera paralela, la de director técnico, que comenzó aún antes de que se recibiera en la primera promoción de entrenadores formados en la escuela de River Plate, junto a varios famosos, entre ellos Fernando Gamboa.

A lo largo de estos años, como ocurrió con Leo Mattioli y Dalila, muchos de los futbolistas que entrenó llegaron a jugar en primera y son varios los que se comunican con él desde Europa.

-Empecemos con la música. ¿Te parece?

-Está bien. Arranqué en una oficina artística en el año 94, de la mano de Marcelino Pandiani. Fue cuando él tomó a Los Palmeras, que ya eran conocidos por los amantes de la cumbia santafesina, pero ni lejos eran lo de hoy.

-Después llegaron a la oficina otras bandas de Santa Fe.

-Sí. Trinidad, con Mattioli, y después Leo se queda con nosotros cuando se hace solista. También Ezequiel y Dalila. Con ella yo pasé a ser el representante. Seguía en la oficina, pero la manejaba yo, porque Pandiani no la quería.

-¿Y por qué la tenía?

-Para que no levantara cabeza. Era una estrategia. En Santa Fe le decían Don King, porque hacía pelear a los artistas y se quedaba con la plata. No le prestaba atención. No me daba bolilla con lo que hacía y recién se interesó cuando Dalila explotó y generaba mucha plata. Fue un trabajo de hormiga que dio grandes frutos. Ella siempre me lo reconoce.

-¿En ese momento Marcelino ya era tu cuñado? Estuvo casado con tu hermana.

-Sí, ya eran pareja y se casaron en el 95. Arranqué a trabajar con él mucho antes de que fuera representante. Antes Marcelino había puesto un baile, que se llamaba  Tropi Láser, y yo era el jefe de seguridad. Y  en sociedad con él y mi viejo pusimos otro baile en San Miguel: Struendo. Todo eso antes que llegaran Los Palmeras. Estas son historias que no se conocen mucho porque en este ambiente todo pasa rápido y, por otro lado, siempre tuve bajo perfil. Tengo muy pocos amigos en la música. Uno es Dani Celi, que es casi como mi hermano, y otro era «El Chino» Marcelo González, de La Nueva Luna, quien un día me ayudó con algo, cuando yo ya no representaba a nadie con fama,  y me demostró qué clase de persona era.

-Dalila te dejó buenos recuerdos.

-Muchísimos muy lindos. Los dos tenemos personalidad fuerte y chocamos muchas veces, pero aprendimos a respetarnos y valorarnos. Como te dije: Pandiani se desentendió y el representante era yo. Pandiani se acercó un poquito para opinar o acompañar cuando vio que se ganaba plata. Acepté el desafío y pasamos de un baile y medio (un show en vivo y un “playback”) a una agenda terrible. Fueron muchos años de trabajar con ella. Grandes momentos.

-Leo Mattioli en su esplendor. Dalila en lo más alto…

-¡Terrible momento! Me invitaban a almorzar, a cenar, al vip de los boliches…de todo, jaja, con tal de estar a mano de algún show de ellos. Eso no me volvía loco. ¡Imaginate que no tengo ni una foto con Leo!

-Una etapa en la que Daniel Celi se suma a la oficina. No daban abasto con lo que tenían. ¿Te alejaste de la agencia cuando Marcelino se separó de tu hermana?

-No, más adelante y por otros motivos. Ese era un tema personal, de la pareja. Lo que pasó fue que Marcelino cambió. Tenía 35 años y se comportaba como un pibe de 17, porque tenía una pareja de esa edad. Cambió su grupo de amigos. Y se portó mal conmigo y mi papá con un tema económico. Ese fue el detonante, no lo otro. Su vida tuvo un giro trágico, doloroso, pero quienes lo conocimos de antes ya no estábamos cerca.

Yo vivía de otra manera. Estaba en el deporte, tenía mis amigos de siempre, íbamos por dos caminos diferentes.

-¿Qué pasó después?

-Por un tiempo estuve lejos de la música, y en el 2006 encaramos un lindo proyecto con Dani Celi, con quien trabajamos en la oficina de Pandiani. Daniel había vivido en México y conocía a todos los artistas de la movida grupera. Muchos ya no venían a La Argentina o no lo hicieron nunca. Juntos decidimos traerlos.

-Son bandas muy conocidas y queridas en zona norte del Gran Buenos Aires y también en gran parte del país.

-Así es. Con Dani viajamos a México, nos alojamos en el hotel Regente de la calle Reforma y convocamos a los medios. Nos contactamos con todas las bandas y comenzamos a organizar la agenda. Los trajimos a todos: Los Ángeles Azules, Los Ángeles de Charly, Rayito Colombiano y todo lo que te imagines. Fue muy lindo lo que hicimos, pero resultó una mala experiencia.

-¿Por qué?

-¡Porque perdimos plata! Los traíamos, cumplíamos nuestra palabra con ellos y con nuestros clientes, aunque todo era difícil porque no estaban “puestos”. Fue un trabajo enorme, de difundir y difundir, de hacerlos sonar en todos lados, de convencer a los que no creían que las bandas realmente iban a venir. A nosotros no nos fue bien. A los que los trajeron en la segunda vuelta, sí.

-Ustedes sembraron y otros levantaron la cosecha.

-¡Sí…! Jajaja

-Hoy parece increíble que Los Ángeles Azules vinieran a trabajar a los bailes populares, en el nivel en que se encuentran en éstos momentos.

-¡Es verdad! Era otra Argentina y otro momento del grupo. Entonces nos cobraban 2000 dólares y hoy piden 250.000 dólares.  

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